martes, 9 de diciembre de 2014

A la Orilla del Rhin



Por Laverne Otárola
Düsseldorf, Alemania

A la orilla del Rhin

Cerca de uno de los ríos más famosos de Europa, en la provincia alemana de Westfalia, se encontraba un anciano sentado a la orilla del agua. Sin abrigo y faltante de ropajes adecuados, parecía no sacudirse por el frío.

La ciudad albergaba alrededor de 600 mil personas, y era el centro de esta, Düsseldorf, la capital mediática de casi toda Alemania.

Como si hubiese sido producto de un sueño o falta de cordura, la imaginación me acercó al hombre, quien por cierto pintaba unos 83 años de edad. Su tez morena y piel cansada aparentaban que el viejo provenía de un lugar tropical, el tiempo era notorio en sus arrugas al igual que el sol; efectivamente había sido trabajador de campo y capataz en alguna tierra. Aquello que llamó más mi atención fueron sus cautivantes ojos cielo.

El tipo hablaba español y su manera de expresarse era bastante elocuente, curioso detalle para alguien que vagaba las aceras de estos lares. 

Al encontrarme frente a él pude apreciar su hermosa fedora café, la cual logré ver muy de cerca cuando éste se inclinó en forma de reverencia. Hicimos conexión al instante, como si estuviésemos unidos por algún lazo de sangre.

Primero comentó sobre las fuerzas "sobrenaturales" que reinan este mundo...ni dioses ni hombres, pero sí seres supremos provenientes de otros planetas. Planetas con desilusión en busca de vidas salvajes. 

Empezaba a creer que el vino caliente -conocido como Glühwein- con la exquisita pizca de ron, surtía efecto en mi cuerpo, sin embargo recordé que aún no había bebido nada.

Fue entonces cuando, al tomar mi mano, perpetuamos en su cabeza. Extrañamente lo que miré no fueron sus recuerdos. Deslumbró en mis adentros su pensamiento, un viaje a cierto pasado no muy atrás de mis memorias.

El pobre anciano seguía su conversación y sin esperarlo expresó:
-Esa última cena... Sabía que sería nuestra última noche, lo presentía. Tenía tantas ganas de irme con vos a tu casa pero no era nada difícil poder sentir la mala noticia a la vuelta de la esquina. La mañana siguiente empezó triste. Me acobardé. 
Tan cerca de tu casa y no te vi, me dejé convencer por mentes ajenas a mi pensamiento y adversas a estos sentimientos.

Inmediatamente se produjo la desconexión, pero en la distancia, ya sobre el puente que cruzaba el Rhin, pude escucharlo hablar sobre las soluciones cósmicas y cómo se unen nuestras mentes en el centro del universo.

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